Por Gustavo Sgalla – Relator ESPN

Hay fechas que no se olvidan.

Hoy, 12 de junio, no es un día más en el calendario del polo: se cumple exactamente un año de la partida de Sanjay Kapur. Un año desde aquel instante brutal, inesperado, en Guards, el mismo escenario donde hoy su nombre sigue respirando entre los caballos, los tacos y el silencio respetuoso de quienes lo conocieron. Se fue jugando una semifinal. Se fue como vivía: arriba de un caballo, en el lugar que había elegido como su destino final.

Pero hay historias que no se terminan con una tragedia. Algunas, incluso, empiezan ahí.

Sanjay no nació en el epicentro del polo. Su historia comienza en la India, donde hace más de veinte años Mark Tomlinson descubrió no solo a un jugador, sino a un soñador obstinado. Durante mucho tiempo, ese sueño —vivir en Inglaterra y jugar al más alto nivel— quedó postergado por la responsabilidad de su negocio familiar en la industria de autopartes. Sin embargo, hay pasiones que no negocian.

Hace apenas unos pocos años, tomó la decisión que cambia las vidas: compró una casa cerca de Beaufort, adquirió un campo, empezó a formar una caballada y cruzó el mundo en busca de ese nivel al que siempre había aspirado. Argentina también fue parte de ese viaje, como lo es para todos los que entienden que el polo no es sólo un deporte, sino una cultura.

Su objetivo era claro: jugar la 22 goles. No había atajos. Aureus pasó por las de 15 y 18, creciendo, consolidándose, aprendiendo. Y cuando por fin llegó el momento de dar el salto, Sanjay estaba en su plenitud. Tenía 53 años, una salud impecable, disciplina absoluta, y una energía que desmentía cualquier número en el documento.

El equipo se había armado para competir de verdad: los hermanos Benjamín y Tomás Panelo, talento joven, sangre argentina, acompañando ese sueño. Y el rendimiento acompañaba. Aureus estaba en carrera, en cuartos de final, con la sensación de que lo mejor estaba por venir.

Hasta que el tiempo decidió otra cosa.

El día anterior, jugando al tenis, Sanjay había hablado con Mark sobre su padre. Había muerto de un infarto. “Debería hacerme un chequeo”, comentó, casi al pasar. A veces, los presagios llegan en voz baja.

Al día siguiente, en pleno partido contra Jaisal Singh (Tigers), el destino fue implacable. El infarto fue fulminante. Sucedió en segundos, rodeado de su familia, con Priya presente, con médicos y paramédicos reaccionando en menos de medio minuto. No hubo nada que hacer.

Para quienes lo quisieron, el golpe fue devastador. Para el polo, una pérdida irreparable.
Y sin embargo, en medio del dolor, quedó una certeza que muchos repiten en voz baja: si alguien pudiera elegir cómo irse, elegiría hacerlo así. Jugando. Viviendo. Amando lo que hacía.

Lo que vino después fue una decisión que transformó el dolor en legado.

Priya, en medio de la conmoción y de las inevitable complejidades que siguen a una pérdida así, eligió continuar. No por inercia, sino por sentido. Decidió que Aureus siguiera en la cancha, como una forma de que Sanjay no se fuera del todo.

En la pasada Copa de Oro, el equipo se reconfiguró con la llegada de Shane Finemore. Llegaron a cuartos de final. Cayeron frente a Scone, el equipo de Adolfo Cambiaso, aquel jugador al que Sanjay admiraba profundamente. En su oficina guardaba una imagen icónica: él, convirtiendo un gol, mientras Adolfito intentaba trabarle el taco. El sueño de cualquiera que alguna vez agarró un palo.

Este año, otra vez contra el tiempo, Aureus se armó casi a último momento. Diego Cavanagh, Teo Lacau y Jake Coventry —histórico piloto del equipo— se sumaron a la causa. Pero esta vez había algo distinto. Algo invisible.

Ellos lo llaman el “quinto jugador”.

Porque hay sensaciones que no se explican. Tres suplementarios ganados, uno tras otro. En cuartos, frente al equipo de Gastón, una jugada imposible que termina salvándolos, como si desde algún lugar alguien hubiese metido el taco justo a tiempo para frenar a Gonza Ferrari. Son detalles. Coincidencias, dirán algunos. Señales, dirán otros.

Ellos ya eligieron en qué creer.

El próximo domingo, en Guards Polo Club, Aureus jugará la final de la Queen’s Cup.
Volverá al mismo lugar donde todo cambió un año atrás. Volverá con el recuerdo intacto, con la herida abierta pero también con la fuerza de haberla transformado.

No será solo una final.
Será un acto de memoria.
Un homenaje en movimiento.

Porque en cada throw-in, en cada corrida, en cada impacto de los tacos, habrá algo más que competencia. Habrá una historia que se resiste a desaparecer. Un hombre que soñó con jugar la 22 goles y que lo logró. Un equipo que decidió no detenerse. Una familia que eligió seguir.

Y, sobre todo, la certeza de que hay presencias que no necesitan estar en la cancha para definir un partido.

Aureus no juega solo.
Nunca más.

Source: PoloHUB Read More